miércoles, 7 de julio de 2010

Sin miedo a nada.

Un cielo negro fue el preludio de un diluvio, el hielo al caer hacia aún más estrepitoso el ruido de la furiosa tormenta que se dejó caer. Los truenos no eran normales, el rugir sugería que el cielo se partía cual paredes agrietadas de una presa desbordante. No pasó mucho tiempo para que una vez más  el drenaje fuera insuficiente y el agua comenzara a regresarse por las coladeras, drenaje y tuberías.

Una vez más se inundó la colonia, el agua comenzó a subir de nivel y con ello el recuerdo de aquella madrugada (hace casi un año) en que ocurrió lo mismo por vez primera cuando refrigeradores y tanques de gas flotaban y navegaban por los patios de las casas, y las camas cubiertas por el agua dejaron sin dormir a más de uno, con el agua a la cintura.

La tarde de ayer como la madrugada de hace un año, hicieron pronto acto de presencia la solidaridad, unión y ayuda mutua entre vecinos; y lo que es más grande: la Fe permitió que la calma regresara y en cuestión de horas el agua volvió a su cauce, después del recuento de los daños y con el aire y el sol, lo mojado se secó y lo inservible se fue a la basura.

Sólo que ésta vez lo único que no hizo acto de presencia fue el miedo.

Ese aquél que nos invadió cuando sentíamos que lo poco que teníamos se perdía. Pero mas allá de lo material, la tranquilidad de pasar la noche en calma, en una cama en la cual dormir, en un techo bajo el cual refugiarte, simplemente se desvanecieron. Las imágenes que año tras año se repiten en la televisión de las inundaciones que hay en los lugares de “siempre”, hoy eran una realidad en nuestra cotidianeidad aún cuando lo nuestro no era nada comparado con tragedias de la magnitud de Chalco, Impulsora, Tabasco, Tamaulipas y ahora Monterrey.

Aún así el vivirlo en carne propia es distinto, es palpar lo vulnerable que somos como humanos frente a la fuerza de la naturaleza. Es el cargo de consciencia por que gran parte de estas consecuencias climáticas son por causa nuestra.

Y con todo, volver a uno mismo y sentirse desprotegido, con miedo a perderlo todo, con la preocupación de ¡qué pasará mañana…?

Pues mañana, baja el agua, mañana sale el sol y mañana recuperas tus cosas.

Después que has perdido otros aspectos mucho más importantes, comparado con eso y logrado trabajar el desapego (tanto a las personas como a lo material) ya nada es tan importante. Descubres que la vida, tus padres, tus seres queridos, el trabajo, tu casa, tus amigos, tus mascotas, tu salud, tu tranquilidad, tu integridad,tu música, tus valores, tu paz, tu amor… son lo verdaderamente importante.

Y cuando en cierta medida los has perdido de algún modo, después de eso ¿que te queda? De alguna manera se trata de perder para encontrar, de vaciar para estar listo y llenar una vez más. Luego de experimentar en mayor o menor grado todas y cada una de las pérdidas que menciono, frente a eso todo lo demás es lo de menos. Y después de perderlo todo, ¿sabes que te queda? Quedas TÚ.

Hoy quiero decirte que no te aferres a nada ni a nadie, por doloroso que sea el desapego, vívelo pero no te quedes ahí, mira pa´lante. Siempre vuelve a salir el sol, lo mojado se seca y lo que ya no sirve se tira.

Hay tres armas de las cuales te vales para lograrlo: tu DIOS, tu FE y que vivas SIN MIEDO A NADA.

Josué 1:9

Deuteronomio 31:6 y 31:8

Salmo 46